
Cuentan mis familiares que con dos años ya era capaz de grabar un vinilo en cinta. Gracias a mi padre, que me traía a casa todo tipo de cachivaches para desmontar, a los cuatro años ya tenía nociones básicas de electrónica.
Con poco menos de diez años me mandaron en el colegio montar un circuito eléctrico, de esos que tienen una pila y una bombilla para explicar de forma práctica cómo pasan los electrones de aquí para allá... Yo sin embargo, construí un circuito que se activaba con un mando a distancia, con varios canales, uno para cada bombilla. El profesor me regañó diciendo que no era lo que él había pedido, pero que siguiera así.
A los trece años descubrí la aplicación más divertida de esta rama de la física: las ondas. Estuve probando en varias frecuencias, con varias utilidades. En 1995 no existían las redes sociales, así que empecé a hacer amigos a través de la radioafición. Como no tenía dinero, construí mi primera antena a partir de un marco de madera y una espiral de alambre. Si esto no era suficiente solía subir a una montaña en bicicleta a media noche, buscando una mayor propagación y altura para contactar con radioaficionados que vivían más lejos. Con la ayuda de un amigo pude probar la emisión en AM con un módulo que emitía en 40 metros, en 7290 Hz. El campo para descubrir era inmenso. No tenía fin.

Pero obviamente la parte más interesante era el mundo de la FM. Con los mismos escasos recursos de entonces construí mi propio transmisor de banda comercial y empecé a emitir diariamente. Consumía muchas horas de radio a para forjar una línea, buscando mi estilo. Emitía en el 104.0 FM, y tenía cobertura para la mitad del pueblo.
Pero pronto me supo a poco y una tarde de diciembre dirigí mis pasos hacia una radio de verdad, la radio comarcal de la zona. Allí conocí a Francis Díaz, mi mentor y con quien después compartiría muchas horas de radio. Yo quería trabajar allí y no me importaba si lo hacía sin cobrar. Sólo deseaba estar en la radio, hacer radio, permanecer horas y horas en los estudios de la radio. Se me olvidó el pequeño detalle de que sólo tenía trece años, pero me bastaba con estar allí, sentado en un banco detrás del locutor, viendo cómo se desarrollaba un directo. Francis sufrió mis constantes llamadas durante siete años más, hasta que por fin decidió contratarme.
Desde entonces no hice otra cosa que aprender en el sentido más amplio. Podía hacer de todo y tocarlo todo. Me aprendí de memoria cada cable, cada contenido, cada guión, cada centímetro de aquellos estudios, más allá de la consciencia de que la radio era ante todo una empresa. Empecé a sentir curiosidad por lo que había a esta parte de la orilla, el lugar donde estaban los procesadores de sonido, la mesa de mezclas, el micrófono, los reproductores de música, las listas de éxitos, las entrevistas, los magazines, los informativos, las unidades móviles, la audiencia y ya en estos últimos años, la producción, la perfección del sonido, el cuerpo de la voz, los armónicos, las composiciones de jingles... todo un mundo que para nosotros es la radio.
Me considero un profesional de la antigua escuela. Estoy orgulloso de formar parte de la generación de locutores que conocieron las tres fases de devenir tecnológico aplicado a la radio en los últimos veinte años, esto es: Revox-Vinilo, CD-Minidisc y la actual tecnología de mp3 y matrices digitales. Creo que esta constante evolución que viví en los medios me permitirá ahora más que nunca adaptarme cualquier método de trabajo y sobre todo a las tecnologías y formatos venideros en la evolución de la radio y broadcasting.
Ahora que he conseguido dar una vuelta completa a todos los conceptos que suman este mundo siento que estoy empezando a hacer radio de verdad y que estos últimos quince años han sido sólo un ensayo, un modo ameno de descubrir la vocación de locutor.
Esto no se puede dejar, porque no se hace, se nace.